Crecí aprendiendo a ser una “buena niña”: come bien, siéntate bonito, juega bonito, sé educada. Y detrás de esas frases aparentemente inocentes fui entendiendo que había partes de mí que tenía que controlar, esconder o hacer más pequeñas para encajar en lo que los adultos esperaban de mí.
Mis hijos me enseñaron otra forma. No quiero que mi hija sea una “buena niña”. Quiero que sea niña. No quiero que coma bien, quiero que disfrute su comida. Que se mueva, que explore, que haga lío, que ocupe espacio, que sea feliz. Porque muchas de las cosas que llamamos “mal comportamiento” son simplemente un niño siendo niño: auténtico, libre, curioso, entero.
Y quizás este mensaje no sea solo para quienes tenemos hijos. Quizás también sea para ti, que aprendiste demasiado pronto a ser “la niña buena” o “el niño bueno”. Nunca es tarde para volver a ser la niña que no te dieron permiso de ser.
Angela Chami
Coaching
Neurociencias
Crianza consciente
Me hice pequeña para que me amaran.
Y casi desaparezco en el intento.
Durante mucho tiempo creí que ocupar espacio era peligroso.
Que era más seguro no llamar demasiado la atención.
No incomodar.
No mostrar demasiado.
No ser demasiado.
Demasiado intensa.
Demasiado fuerte.
Demasiado visible.
Demasiado yo.
Porque en algún lugar de mi historia aprendí que, si quería ser amada, tenía que amoldarme.
Comportarme de cierta manera.
Verme de cierta manera.
Hablar de cierta manera.
Ser la versión de mí que fuera más fácil de amar.
Y sí, hacerme pequeña me protegió durante un tiempo.
Me protegió del rechazo.
Del juicio.
De la posibilidad de que alguien me viera y decidiera no elegirme.
Pero también me protegió de mí.
De mi fuerza.
De mi voz.
De mi potencial.
De todo lo que podía pasar si dejaba de pedir permiso y ocupaba mi lugar por completo.
Hoy entiendo algo:
si para que alguien me ame tengo que dejar de ser yo, entonces no me está amando a mí.
Está amando la versión que construí para no perderlo.
Y yo ya no quiero un amor que me pida desaparecer.
Quiero ocupar cada centímetro de mí.
Con mi cuerpo.
Con mi voz.
Con mi pelo enorme.
Con mi historia.
Con mis heridas.
Con mi fuerza.
Con todo lo que soy.
Porque quizá nunca se trató de convertirnos en alguien más.
Quizá se trata de dejar de abandonarnos para poder ser elegidas.
Y empezar, por fin, a elegirnos nosotras.
No te hagas pequeña para caber en lugares donde solo pueden amarte si desapareces.
A los 4 años decidí que no quería ser mamá.
No porque no quisiera tener hijos.
Sino porque, desde lo que yo conocía, ser mamá y ser una mujer libre, profesional y realizada no parecían cosas compatibles.
Crecí sintiéndome muy sola y con mucho miedo. Y siendo todavía una niña llegué a una conclusión que, para mí, tenía muchísimo sentido:
Si algún día tengo hijos, no quiero hacerlos sentir como yo me siento.
Así que pensé que la mejor manera de no hacerles daño era simplemente no tenerlos.
Muchos años después me convertí en mamá.
Y no voy a romantizar esa parte de mi historia.
Amé profundamente a mis hijos y, al mismo tiempo, hubo momentos en los que sentí que me ahogaba dentro de la maternidad. Me daba miedo perderme a mí misma. Me daba miedo repetir historias. Me daba miedo que mis propias heridas terminaran convirtiéndose también en las suyas.
Así que hice lo que siempre había sabido hacer: empecé a buscar respuestas.
Estudié crianza, cerebro infantil, comportamiento humano, coaching, emociones, creencias, heridas de infancia… pero, sobre todo, empecé a mirarme a mí.
A trabajar mis propias sombras.
A entender mi historia.
A aprender otras maneras de maternar.
Y a descubrir quién podía ser yo además de mamá.
Y mientras aprendía, también empecé a compartirlo.
Primero con las personas que acompañaba en consulta. Después con otras madres. Después creando programas, talleres y espacios propios.
Hasta que un día entendí algo que mi yo de 4 años jamás habría podido imaginar:
La maternidad no tenía por qué quitarme mi libertad, mi identidad ni mis sueños.
Podía construir una forma distinta.
Hoy tengo un negocio digital que me permite trabajar, crear, acompañar a cientos de personas y generar mis propios ingresos mientras sigo estando presente en la crianza de mis hijos.
No siempre es fácil.
No siempre encuentro el equilibrio.
Y definitivamente no lo hago perfecto.
Pero ya no siento que tengo que elegir entre ser mamá y ser yo.
Y quizás esa sea una de las cosas más hermosas que he aprendido en estos años:
mis hijos no son el freno de la mujer que quiero ser.�Son parte del motor que me impulsa a convertirme en ella. 🤍
A veces sanar no se siente como “trabajar en ti”. A veces se siente como volver a disfrutar de estar viva. 🤍✨
Reír sin culpa, bailar porque sí, jugar, descansar, conectar con personas que te hacen bien… también puede ser parte del proceso. 🌿
Porque no todo necesita una explicación infinita. Hay momentos en los que el corazón no necesita más respuestas, sino espacio para volver a sentir ligereza.
Sanar también es permitirte vivir mientras sanas. 🫶🏼
Tengo 41 años y no tengo miedo de admitir que:
1. No tengo todo resuelto en mi vida y aún tengo mucho por aprender.
2. Soy algo solitaria, me gusta mucho mi espacio y me cuesta ser amigas y amigos con quien realmente conecte.
3. Me costó mucho sanar mis propias heridas, y por eso soy tan exigente conmigo misma cuando acompaño a otros a sanar las suyas.
4. Todos me dicen que soy muy amorosa, pero la verdad que me costó muchos años amarme a mí primero.
5. Ser consistente, es mi talón de Aquiles, pero nunca me rindo, así tenga que empezar 1000 veces más.
Ya dejé de creer que tengo que ser perfecta para acompañar a otros. Hoy quiero crear espacios seguros para que tú también puedas hacerlo por ti. Sígueme si buscas uno.
A veces no te da miedo volver a amar… te da miedo volver a perderte dentro de una relación. 💔
Después de pasar tanto tiempo poniéndote al final, regresar a ti también es una forma de sanar. Cada pequeño acto de amor propio te recuerda que nunca debiste abandonarte para que alguien se quedara.
Porque el amor más bonito comienza cuando vuelves a elegirte, a cuidarte y a construir una vida en la que también quieras quedarte. 🤍✨
A veces creemos que estamos criando desde el amor… hasta que escuchamos salir de nuestra boca palabras que alguna vez nos dolieron. 🤍
Ser mamá también puede convertirse en un espejo: uno que te invita a mirar lo que aprendiste, cuestionar lo que normalizaste y decidir conscientemente qué quieres conservar y qué ya no quieres repetir.
Porque sanar también es eso: elegir una forma distinta de amar, incluso cuando nadie te enseñó cómo. 🌿✨
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