03/03/2026
Y HORRÍSIMA ES LA GUERRA
En momentos en que la guerra entre Israel e Irán desgarra nuevamente la condición humana en pleno siglo XXI, me llegó a la mente lo que sintió César Vallejo ante sucesos de esta índole como la Primera Guerra Mundial y la guerra civil española. Si leemos España, aparta de mí este cáliz, una de sus obras poetícas más extraordinarias, nos daremos cuenta del tremendo impacto y sufrimiento que padeció al conocer de cerca cómo los españoles se desangraban en una guerra civil que estaba marcada fundamentalmente por cuestiones ideológicas entre el bando repúblicano y el bando nacionalista.
Después de enterarse de la derrota de la España republicana en el combate de Teruel (iniciada el 15 de diciembre de 1937), escribió el poema “Invierno en la batalla de Teruel”, en el que, metafóricamente hablando, dio a entender que en plena confrontación bélica caían “agua de revólveres lavados” y explosivos, una forma lamentable en que el hombre responde ante la muerte. Luego de afirmar que la guerra es tan horrible y destructiva que pone “ojosos” a los hombres, el sufrimiento lo obligó a exclamar, finalmente: “aléjome de mí gritando fuerte: / ¡Abajo mi cadáver!... Y sollozo”.
Y todos hemos sentido ese sollozo vallejiano cuando nos enterarnos de la muerte de un centenar de niños en una escuela iraní, por la explosión de una bomba lanzada por las autoridades asesinas de Israel.
INVIERNO EN LA BATALLA DE TERUEL
¡Cae agua de revólveres lavados!
Precisamente,
es la gracia metálica del agua,
en la tarde nocturna en Aragón,
no obstante las construídas yerbas,
las legumbres ardientes, las plantas industriales.
Precisamente,
es la rama serena de la química,
la rama de explosivos en un pelo,
la rama de automóviles en frecuencia y adioses.
Así responde el hombre, así, a la muerte,
así mira de frente y escucha de costado,
así el agua, al contrario de la sangre, es de agua,
así el fuego, al revés de la ceniza, alisa sus rumiantes ateridos.
¿Quién va, bajo la nieve? ¿Están matando? No.
Precisamente,
va la vida coleando, con su segunda soga.
¡Y horrísima es la guerra, solivianta,
lo pone a uno largo, ojoso;
da tumba la guerra, da caer,
da dar un salto extraño de antropoide!
Tú lo hueles, compañero, perfectamente,
al pisar,
por distracción tu brazo entre cadáveres;
tú lo ves, pues tocaste tus testículos poniéndote rojísimo;
tú lo oyes en tu boca de soldado natural.
Vamos, pues, compañero;
nos espera tu sombra apercibida,
nos espera tu sombra acuartelada,
mediodía capitán, noche soldado raso...
Por eso, al referirme a esta agonía,
aléjome de mí gritando fuerte:
¡Abajo mi cadáver!... Y sollozo.
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