29/09/2026
El bosque estaba en silencio, solo se oían las hojas secas bajo las botas. El guerrero se detuvo frente a un roble viejo, de raíces gruesas que se hundían en la tierra como si sostuvieran algo más que al árbol.
Recargó el escudo contra el tronco y suspiró.
—Llevas mucho tiempo cargando eso —dijo el roble, con una voz que sonaba a viento entre ramas—. ¿Por qué te detienes aquí, si el camino sigue?
El guerrero levantó la mirada, sin sorprenderse.
—Porque el escudo pesa distinto cuando ya no recuerdo por qué lo cargo —respondió—. Hoy no vengo a pelear. Vengo a recordar por qué peleo.
—¿Y lo has recordado? —preguntó el roble.
—Todavía no.
—Entonces siéntate. Yo he visto pasar guerreros durante siglos. Algunos cargaban su escudo por costumbre. Otros, por miedo. Muy pocos, por convicción. Y esos pocos siempre se detenían aquí antes de continuar.
El guerrero se arrodilló entre las raíces, no para orar, sino para escuchar lo que el silencio tenía que decirle.
—¿Qué se siente ser de los pocos? —preguntó en voz baja.
El roble no respondió de inmediato.
—Lo sabrás cuando te levantes —dijo por fin.
El guerrero cerró los ojos. Cuando los abrió, tomó el escudo de nuevo. Pesaba lo mismo. Pero él ya no era el mismo.