14/06/2026
Mi crónica de cada año… Para que nunca se olvide
"Todos los campeonatos son hermosos, pero este fue especial. Fue el más esperado. Esa estrella debe permanecer grabada en la memoria de todos los Rayados. Hoy se cumplen 21 años. Cómo pasa el tiempo… pero los recuerdos de aquellas alegrías siguen tan vivos como entonces."
Crónica de una alegría: Mis recuerdos del Campeonato 2003
Después del campeonato de 1986, muchos de los que formábamos parte de La Adicción jamás habíamos visto campeón al Monterrey. Tras navegar durante años entre temporadas malas y peores, especialmente en los primeros años de la barra —98, 99 y 2000—, levantar una copa parecía más un sueño que una posibilidad.
Monterrey era un cheque al portador cada vez que salía de visita. Un empate se celebraba como una victoria. Fueron años difíciles, hasta que llegó Daniel Alberto Passarella al banquillo tras la salida de José Treviño.
Después de una buena temporada, con el único tropiezo doloroso en el Clásico durante la fase regular, calificamos a la liguilla. El primer obstáculo era Atlas. Tras empatar el juego de ida comenzó a vislumbrarse una posibilidad que parecía escrita por el destino: una semifinal regia.
Cuando Monterrey eliminó al Atlas en la vuelta, los resultados se acomodaron y se confirmó lo impensable. La ciudad enloqueció. No era un Clásico más. Era el Clásico. El que no se podía perder bajo ninguna circunstancia. El ganador sería el dueño de la ciudad y disputaría el campeonato del país.
La ciudad más pasional de México hervía de emociones. Tocaba abrir la semifinal en el "Cenicero" de San Nicolás. Para muchos fue el mejor miércoles de nuestras vidas.
Miles de Rayados nos reunimos frente a la Monumental, ansiosos por partir en caravana. Cientos de trapos y banderas adornaban el camino, pero lo más importante era el aliento que llevábamos guardado en el pecho desde hacía días. Había llegado el momento de soltarlo.
Comenzó el partido. Ellos en la cancha y nosotros en la tribuna.
En un encuentro inolvidable, Tigres se adelantó en el marcador a quince minutos del descanso. Pero La Pandilla respondió pronto. Diez minutos después apareció nuestro eterno capitán, Jesús Arellano, para empatar el encuentro.
Terminó el primer tiempo.
Y apenas comenzaba la fiesta.
Arrancó la segunda mitad. Tiro de esquina para Monterrey. Cobró Arellano, mandó el centro y Guillermo Franco se adelantó a todos para marcar el gol de la ventaja. Éramos dueños del partido.
Después cayó el tercero, obra nuevamente de Jesús Arellano en un contragolpe letal. La alegría era indescriptible.
Los de enfrente estaban desesperados. Dejaban espacios por todos lados y nuestros delanteros lo aprovecharon. En una descolgada llegó el cuarto gol.
Era una locura.
El estadio quedó en silencio. Sólo se escuchaban los gritos de felicidad de los Rayados que estábamos ahí.
Y arriba, en lo alto del estadio, quedó grabada para siempre una imagen imborrable:
Ti6r35 1 - Visitante (MTY) 4
Un marcador que se convirtió en símbolo eterno de aquella noche.
Ya teníamos un pie y medio en la final. La vuelta fue prácticamente un trámite. Habíamos ganado el Clásico más importante de la historia. No era sólo haber derrotado al rival de toda la vida; era saber que estábamos a dos partidos de la gloria.
Y qué privilegio haberlo vivido.
Podrán pasar cien años y aquella noche seguirá siendo contada por padres, hijos y nietos.
Estábamos en la final.
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Después de aquella semifinal llena de emociones, llegaba el momento más esperado por toda la comunidad rayada.
La final contra Morelia.
En el partido de ida, Monterrey se puso arriba por tres goles de diferencia. El Tecnológico era un manicomio. La gente ya se imaginaba levantando la copa. Sin embargo, en los últimos minutos cayó un gol de Morelia que dejó la serie abierta.
El silbatazo final no marcó el final del partido. Marcó el inicio de dos días eternos de ansiedad.
Dos días soñando con llegar a Morelia.
Dos días imaginando el momento.
Dos días que parecieron meses.
Por fin llegó la fecha.
Había cerca de diez mil Rayados buscando un boleto para la final, pero apenas existían cinco mil disponibles. Los demás no perdieron la esperanza.
A esos viajes improvisados les llamamos los famosos "Autobuses Braveados".
Era impresionante ver aquella interminable fila de camiones sobre Zaragoza. Parecía una extensión de la central camionera. Gente doblando banderas, acomodando trapos, cargando papel picado y buscando su autobús.
La Macroplaza se transformó durante unas horas en una enorme verbena albiazul.
Llegaban aficionados de todos los rincones de Nuevo León.
Y entonces partimos.
Una caravana interminable de camiones avanzaba por Constitución. En cada ventana ondeaba una bandera. La ciudad nos despedía entre claxonazos, aplausos y buenos deseos.
El viaje fue una mezcla de risas, cervezas, canciones y sueños.
Hubo un momento de preocupación cuando uno de los autobuses chocó contra una caseta de cuota. Afortunadamente no hubo lesionados y todos pudieron continuar el viaje.
La alegría regresó.
Ya estábamos en Morelia.
Varias horas antes del partido, el centro histórico parecía una sucursal de Monterrey. Las calles estaban pintadas de azul y blanco. Había una confianza enorme. Sentíamos que era nuestro momento.
Que todos aquellos años de viajes, sacrificios, aventuras y malos ratos por fin serían recompensados.
Al llegar al estadio, algunos seguían buscando boletos desesperadamente. Muchos lo lograron. Otros tuvieron que ver el partido desde el famoso "palco" improvisado en el Cerro del Quinceo.
Nuestra tribuna estaba repleta.
Era imposible dar un paso.
Pero qué hermosa se veía, tapizada de banderas y trapos albiazules.
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El partido fue cerrado, intenso y sufrido.
Monterrey jugó con inteligencia y mantuvo el cero.
Llegaron los últimos diez minutos.
Y entonces se cantó por última vez aquella canción que nos acompañó durante años:
"Volveremos, volveremos, volveremos otra vez... volveremos a ser campeones como en el 86..."
Aquella noche se escuchó como nunca.
Y tal vez porque todos sabíamos que era la última vez que la cantaríamos.
Nunca me había sentido tan feliz.
Era la primera vez que vivía a mi equipo campeón.
Entonces llegó el silbatazo final.
Gritos.
Abrazos.
Lágrimas.
Y en el cielo de Morelia comenzaba a brillar la segunda estrella del Monterrey.
Vi llorar de felicidad a compañeros de viajes, de aventuras y de batalla.
Después de tantos años, por fin éramos campeones.
Aquella tribuna se convirtió en la capital de la felicidad.
Cantábamos, nos abrazábamos y esperábamos ver al equipo dar la vuelta olímpica.
Cómo olvidar cuando, antes de celebrar con sus jugadores, Passarella corrió hacia nuestra tribuna para festejar con nosotros. Fue una comunión perfecta entre el Monterrey y su gente.
Llegó la premiación.
Y quedó grabada para siempre una imagen en mi memoria:
Jesús Arellano levantando la copa.
La fotografía que al día siguiente sería portada de los periódicos de todo el país.
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El regreso a Monterrey se hizo corto.
Nadie quería dormir.
Queríamos llegar cuanto antes para seguir celebrando.
Arribamos a la Macroplaza apenas unos minutos después de que terminara la ceremonia de recibimiento al equipo. Pero eso no importó.
Los autobuses que llegamos ahí seguimos la fiesta.
Porque había noches que terminaban.
Y había noches como aquella que parecían eternas.
Han pasado 21 años.
Muchos de los que estuvimos ahí tenemos más canas, más responsabilidades y menos tiempo.
Algunos compañeros ya no están.
Pero cada vez que llega junio, volvemos a ser aquellos muchachos que cantaban sin voz, que viajaban sin dinero y que soñaban con ver campeón al Monterrey.
Y por fortuna, nos tocó vivirlo.
Si llegaste hasta aquí, gracias por tomarte el tiempo de leer estos recuerdos y por permitir que estas palabras sigan manteniendo viva aquella noche que cambió nuestras vidas.
💙⭐🏆