14/09/2026
Tus arterias no son simples tuberías.
Son estructuras elásticas que se expanden con cada latido para amortiguar la presión y mantener un flujo más estable hacia órganos como el cerebro y los riñones.
Con los años, esa elasticidad disminuye.
La pared arterial pierde parte de su capacidad de deformarse, aumenta la rigidez y la onda de presión viaja más rápido.
Y esto importa mucho.
Por cada 1 m/s que aumenta la velocidad de la onda de pulso, el riesgo de mortalidad se asocia a un incremento aproximado del 15%.
Pero hay algo todavía más interesante:
lo primero que parece deteriorarse no es el músculo de la arteria.
Es el endotelio, la capa interna que produce óxido nítrico y permite que el vaso se relaje.
En la mujer, ese deterioro se acelera especialmente a partir de la menopausia.
Y la rigidez no siempre llega después de la hipertensión.
En estudios longitudinales, unas arterias más rígidas aparecieron antes y predijeron el desarrollo posterior de presión arterial alta.
La buena noticia es que este proceso no es completamente pasivo.
El ejercicio aeróbico puede mejorar la rigidez arterial en pocas semanas.
Un metaanálisis de 79 estudios encontró una reducción media de aproximadamente 0,63 m/s en 11 semanas de entrenamiento aeróbico.
Y no necesitas convertirte en corredora.
Caminar también cuenta.
Tres meses de ejercicio basado principalmente en caminar han mostrado mejoras importantes en la vasodilatación, incluso sin cambios relevantes en el peso corporal.
¿Y la fuerza?
En población adulta y de mediana edad, la evidencia actual no apoya la idea de que entrenar fuerza “endurezca” las arterias de forma generalizada.
Por eso la estrategia no es elegir entre cardio o fuerza.
Es combinar ambos.
Muévete.
Camina.
Mejora tu capacidad aeróbica.
Mantén la fuerza.
Y hazlo antes de que aparezca el problema.
Una arteria elástica no se ve en el espejo.
Pero puede marcar una enorme diferencia en cómo envejeces.