27/08/2026
Nos enseñaron a tener razón. A defender una idea, una posición, una manera de mirar el mundo como si cambiar de opinión fuese una derrota. Y quizá por eso nos cuesta tanto convivir con los matices.
Psicológicamente, la rigidez nos da una falsa sensación de seguridad. Cuando todo es blanco o negro, nuestro cerebro descansa: no tiene que cuestionarse, revisar creencias ni tolerar la incomodidad de no saber. El problema aparece cuando esa necesidad de certeza se convierte en identidad y dejamos de preguntarnos qué es verdad para empezar a preguntarnos únicamente quién está de nuestro lado.
Madurar también es aprender a habitar ese lugar incómodo en el que puedes escuchar algo que contradice lo que piensas sin sentir que te están atacando. Es comprender que una persona puede tener razón en una parte y equivocarse en otra. Que tú también. Que cambiar de opinión después de aprender algo nuevo no es incoherencia, sino evolución.
La verdadera libertad mental no está en no tener convicciones, sino en no convertirlas en una cárcel. Mantener criterio propio, pero conservar la curiosidad suficiente para seguir mirando. Porque una mente flexible no es una mente débil; muchas veces es precisamente una mente suficientemente segura como para permitirse revisar aquello que ayer daba por cierto.
Y quizá necesitemos recordar esto especialmente ahora.
Porque también en política hemos acabado funcionando demasiadas veces como aficionados de un equipo: defendiendo colores, siglas y bandos incluso antes de mirar los hechos. Y la realidad humana es bastante más compleja que una papeleta.
No necesitamos pensar todos igual. Ni mucho menos. Pero sí recuperar cierta conciencia para poder preguntarnos, antes de defender “a los nuestros”, si aquello que estamos defendiendo es justo, verdadero y humano.
Quizá el único lado al que deberíamos intentar pertenecer siempre sea ese: el de la realidad, el de la dignidad y el de la conciencia humana.
Y desde ahí, discutir todo lo demás.
Si esta reflexión te ha hecho pensar en alguien —o en ti misma— guárdala, compártela o cuéntame: ¿crees que todavía sabemos cambiar de opinión?
ChristyRepetto
27/08/2026
Mi primer libro ya ha salido al mundo. Y mientras todavía estoy aprendiendo a sentir lo que significa ver una parte de mí convertida en páginas, el segundo ya está escrito.
Solo tengo que ordenarlo un poco, darle su forma definitiva y dejarlo respirar.
Se llama Retales.
Empecé a escribirlo en agosto de 2023, sin saber que estaba empezando un libro. Solo escribía. Guardaba palabras, heridas, personas, ausencias, momentos felices, días oscuros, amores, pérdidas, ganas, miedo, alegría y toda esa melancolía que tantas veces camina conmigo.
Con el tiempo entendí que eso era Retales: pequeños fragmentos de vida.
Porque la vida no tiene un solo color. Ni una sola forma. Ni está hecha únicamente de aquello que nos gustaría conservar.
A veces pienso que se parece a una caja llena de pequeños botones. Algunos preciosos, brillantes, de esos que guardaríamos con mimo. Otros desgastados, oscuros, incluso rotos, pertenecientes a momentos que quizá nunca querríamos volver a vivir.
Pero todos terminan dentro de la misma caja.
Y todos son nuestros.
Creo que crecer también consiste en dejar de negar lo que dolió. Mirar incluso nuestros peores momentos y reconocer: tú también formas parte de mi camino.
Porque somos retales de todo lo que hemos amado, perdido, llorado, celebrado, dejado atrás y vuelto a empezar.
De quienes se quedaron y de quienes se fueron. De los lugares que llamamos hogar. De las veces que fuimos invencibles y de aquellas en las que apenas supimos sostenernos.
Y quizá algún día, al abrir esa pequeña caja donde hemos ido guardándolo todo, entendamos que hasta el botón que un día quisimos tirar tenía su lugar.
Porque también él ayudó a coser nuestra historia.
Retales.
Un poemario sobre todas las formas que puede tener estar vivo, que son muchas…
Y yo… que ya he perdido tantas ilusiones que la única que me queda es la de vivir en paz y llena de risa
24/08/2026
La caída del cabello masculino no es simplemente “tener demasiada testosterona”.
En la alopecia androgenética intervienen la DHT, la actividad de la enzima 5-alfa-reductasa y, sobre todo, la sensibilidad genética del folículo. Por eso dos hombres con valores hormonales parecidos pueden tener evoluciones capilares completamente distintas.
Tampoco existe una cifra universal de DHT que garantice conservar el pelo. Reducirla sin criterio puede afectar a la libido, la función sexual, el estado de ánimo y otros procesos dependientes de los andrógenos. El objetivo no es apagar las hormonas masculinas, sino entender qué está ocurriendo y actuar con precisión.
Además de los andrógenos, conviene valorar la tiroides, las reservas de hierro, el zinc, la vitamina D, la alimentación, el descanso, la inflamación, ciertos medicamentos y el estrés crónico. Las entradas y la coronilla pueden sugerir un patrón androgenético, mientras que una caída difusa puede obligarnos a mirar más allá.
Y sí, el sistema nervioso también cuenta. Un cuerpo que vive permanentemente en modo amenaza prioriza sobrevivir, no fabricar un cabello denso y brillante. La meditación, la respiración o el trabajo emocional no sustituyen un diagnóstico dermatológico, pero pueden ayudar a recuperar regulación, descanso y adherencia al tratamiento.
Tu pelo no define tu masculinidad. Pero su caída puede ofrecer información valiosa sobre tu salud. Escuchar esa señal a tiempo también es cuidarte.
Muy pronto llegarán a ETIO mis dos nuevos cursos sobre salud hormonal: uno dedicado a ellas y otro creado específicamente para ellos. Formación rigurosa, práctica y sin los mitos que convierten las hormonas en villanas o superhéroes según el algoritmo de la semana.
Comenta ELLOS si quieres que te avise cuando abramos las inscripciones.
Christy Repetto
19/08/2026
¿Y si una molécula extremadamente barata tuviera algo que enseñarnos sobre el cáncer?
Os cuento el caso de una mujer de 53 años con cáncer de mama metastásico estadio IV que, según el testimonio publicado, tras aproximadamente 11 meses presentaba un PET sin evidencia metabólica apreciable de enfermedad.
El protocolo descrito incluía ivermectina, fenbendazol y dieta cetogénica.
Y hay un detalle especialmente incómodo: hablamos de moléculas antiguas y baratas. El fenbendazol, de hecho, es un antiparasitario veterinario utilizado para desparasitar animales, incluidos perros.
¿Esto demuestra que cure el cáncer? No.
Existen resultados preclínicos interesantes sobre ivermectina y benzimidazoles, e incluso investigación clínica con ivermectina en oncología, pero todavía no tenemos evidencia suficiente para convertirlos en tratamientos anticancerígenos establecidos.
Ahora bien, creo que hay una conversación que también debemos atrevernos a tener.
El cáncer, además de una enfermedad devastadora, mueve una industria multimillonaria. Nuevos fármacos oncológicos pueden alcanzar precios extraordinariamente elevados, mientras que reposicionar medicamentos antiguos y baratos suele ofrecer un incentivo comercial mucho menor.
Eso no demuestra una conspiración ni significa que los tratamientos convencionales no funcionen. Pero sí hace legítimo preguntarnos si investigamos con el mismo entusiasmo aquello que puede generar una patente multimillonaria que aquello que cuesta prácticamente céntimos.
Para mí, la ciencia no consiste en creer ciegamente ni en negar automáticamente.
Consiste en preguntar, investigar y demostrar.
Y quizá algunas respuestas del futuro no estén únicamente en crear medicamentos nuevos, sino en volver a estudiar algunos que llevan décadas delante de nosotros.
¿Tú qué opinas?
Guárdalo y compártelo. Este debate merece ciencia, pero también preguntas incómodas.
Christy Repetto®
18/08/2026
Te propongo algo: durante 3 minutos, deja de intentar dejar la mente en blanco.
Porque meditar no consiste en no pensar. Y quizá ese sea uno de los motivos por los que tanta gente dice: “yo no sé meditar, mi cabeza no para”.
Claro que no para. La mente está hecha para pensar.
Prueba esto conmigo.
Cierra los ojos y lleva toda tu atención a un único punto: el lugar exacto donde notas entrar y salir el aire por la nariz.
No cambies la respiración. No intentes hacerla más profunda. Simplemente obsérvala.
Cuando aparezca un pensamiento —porque aparecerá— no luches contra él. Reconócelo y vuelve al aire.
Otra vez.
Y otra.
Y otra.
Ese regreso es la meditación.
No necesitas conseguir silencio. Cada vez que te das cuenta de que tu mente se ha ido y eliges regresar al presente, estás entrenando tu atención y aprendiendo a relacionarte de otra manera con tus pensamientos.
Hazlo durante 3 minutos al día durante una semana.
Sin incienso obligatorio, sin posturas imposibles y sin necesidad de convertirte en Buda antes del viernes.
Solo tú, tu respiración y tres minutos en los que no tienes que solucionar absolutamente nada.
A veces creemos que necesitamos cambiar nuestra vida cuando lo primero que necesitamos es aprender a estar dentro de ella.
Si lo pruebas hoy, cuéntame después cómo te has sentido. Y guarda este post para esa próxima vez en la que tengas demasiado ruido dentro.
Christy Repetto®
15/08/2026
Han pasado cuatro días desde el eclipse.
Y quizá ahora empieza la parte más interesante: observar qué ha dejado en ti.
Porque no siempre entendemos algo en el momento en que sucede. El cuerpo necesita tiempo. La mente necesita silencio. Y el sistema nervioso, cuando algo lo remueve, no siempre responde con claridad inmediata.
A veces responde con cansancio, sueño extraño, más sensibilidad, ganas de aislarse, emociones antiguas o esa sensación difícil de explicar de que algo dentro se ha movido.
No quiero convertir un eclipse en una explicación mágica para todo.
Pero tampoco quiero quitarle importancia a lo que muchas personas sienten cuando la luz cambia, el cielo se altera y algo simbólico, energético o emocional se activa dentro.
Durante estos cuatro días, quizá has dormido distinto.
Quizá has estado más irritable.
Quizá te has sentido más introspectiva.
Quizá han aparecido recuerdos, conversaciones pendientes o una sensación rara de cierre, limpieza o cambio.
Personalmente, no quise verlo.
Y lo digo con honestidad. Sentí que este eclipse traía un movimiento extraño, algo que todavía no sabemos nombrar del todo. No desde el miedo, sino desde esa intuición profunda que a veces aparece antes que la razón.
Mi cuerpo no me pedía mirar hacia fuera.
Me pedía silencio, distancia y escucha.
Pregúntate con calma:
¿Cómo he estado realmente desde entonces?
¿Qué se ha removido dentro de mí?
¿Qué emoción ha vuelto?
¿Qué parte de mi vida siento que ya no puedo sostener igual?
Quizá el eclipse ya pasó en el cielo, pero algo sigue moviéndose dentro de ti.
Baja el ruido.
Duerme más.
Come simple.
Respira lento.
Y si te notas removida, no te juzgues: acompáñate.
A veces primero se siente.
Después se entiende.
Guarda este texto si necesitas volver a ti con más calma.
Compártelo con alguien que haya vivido estos días de forma intensa.
Y cuéntame en comentarios: ¿cómo te has sentido estos cuatro días después del eclipse?
Christy Repetto
14/08/2026
El problema nunca ha sido el sol. El problema es que hemos aprendido a tenerle miedo.
Nos protegemos de él como si fuera el enemigo mientras respiramos contaminación, convivimos con partículas y metales presentes en el ambiente y cubrimos nuestra piel con sustancias que muchas veces ni sabemos qué contienen.
Y aquí necesitamos recuperar el sentido común.
Sí, la piel hay que protegerla. Las quemaduras y la exposición excesiva a radiación UV aumentan el daño cutáneo y el riesgo de cáncer de piel. Pero protegernos no significa vivir huyendo del sol.
La luz solar también forma parte de nuestra biología: participa en nuestros ritmos circadianos, influye en el estado de ánimo y la radiación UVB permite la síntesis cutánea de vitamina D.
La cuestión está en la dosis, el momento y cómo nos protegemos.
Sombra cuando toca, ropa, sombrero, evitar quemarnos y elegir una fotoprotección de calidad. Porque tampoco todo lo “químico” es tóxico ni todo lo “natural” es inocuo. Necesitamos criterio, no miedo.
De todo esto hablo mucho más profundamente en un capítulo entero de MANORAMA: piel, sol, tóxicos ambientales y esa fina línea entre protegernos y convertir la protección en otra obsesión.
Puedes conseguirlo en la web de Kardashians.
Y ahora te pregunto: ¿crees que hemos aprendido a protegernos del sol… o a tenerle miedo?
Guárdalo y compártelo. Este debate necesita bastante menos extremismo y mucha más información.
Christy Repetto®