R a z a I n m o r t a l

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Somos Raza Inmortal, página donde podrás encontrar material exclusivo del Almirante Arturo Fernández Vial

03/08/2026

1 a 0 de frente / Tercera División B 2026

13/07/2026

Deportes Iberia (0) v/s Fernández Vial (2) / Tercera B 2026

04/07/2026

Penal para el 2 a 1 de frente a Gasparin FC. Lo gana en el último minuto con un jugador menos.

23/06/2026
15/06/2026

Fernández Vial (3) v/s Deportes Hualpén (0) / Tercera B 2026

15/06/2026

Los de Siempre

Como cada partido importante, se encontraron donde siempre.
El padre ya estaba esperando cuando el hijo llegó.
Apoyado contra la reja de siempre, con las manos en los bolsillos y la misma bufanda aurinegra que parecía haber sobrevivido a más temporadas que cualquier jugador.
—Llegaste tarde.
—Cinco minutos.
—Cinco minutos son cinco minutos.
—Y tú sigues igual de mañoso.
El padre sonrió.
Y juntos emprendieron el camino hacia el estadio.
A su alrededor avanzaban cientos de hinchas vestidos de amarillo y negro. Algunos cantaban. Otros caminaban en silencio, concentrados como si fueran ellos quienes iban a entrar a la cancha. Había niños con camisetas enormes y viejos que parecían haber visto pasar un siglo de derrotas, ascensos, promesas y desilusiones.
Uno de esos niños corría sujetando con fuerza la mano de su padre.
Y el hijo recordó.
Recordó la primera vez que cruzó esos mismos accesos.
Tendría seis o siete años.
No entendía las posiciones.
No entendía la tabla.
No entendía por qué tanta gente gritaba por once hombres persiguiendo una pelota.
Pero sí entendía algo.
La mano de su padre sujetando la suya para que no se perdiera entre la multitud.
—Mira bien —le había dicho—.
Esto no es solamente fútbol.
Entonces no lo comprendió.
Tardaría toda una vida en hacerlo.
Llegaron a sus asientos.
Los de siempre.
La pintura estaba más gastada.
Las graderías más viejas.
Pero la vista era exactamente la misma.
La cancha al frente.
La galería a un costado.
Y el padre sentado a su lado.
Como siempre.
El partido comenzó mal.
Como suelen comenzar los partidos importantes del Vial.
Pases errados.
Pelotas divididas.
Centros que terminaban en cualquier parte.
—Te dije que el mediocampo no funciona.
—Llevas diciendo eso veinte años.
—Porque llevo veinte años teniendo razón.
El hijo soltó una carcajada.
Y durante unos segundos dejó de escuchar el ruido de la tribuna.
Sólo escuchó esa voz.
La misma voz que le enseñó a andar en bicicleta.
La misma que lo acompañó cuando se afeitó por primera vez.
La misma que una Navidad apareció con un paquete enorme bajo el árbol.
La Navidad del 94.
El paquete más grande de todos.
Papel amarillo. Cinta negra.
Cuando lo abrió apareció una camiseta aurinegra con el número 7 estampado en la espalda.
No era original.
El escudo estaba ligeramente torcido.
La tela era gruesa y áspera.
Pero para él era la camiseta más hermosa del mundo.
Le quedaba enorme.
Las mangas le cubrían media mano.
Durmió con ella puesta aquella misma noche.
La usó en el colegio.
La usó en la plaza.
La usó para jugar fútbol hasta que el número comenzó a borrarse.
Y cuando finalmente se rompió, se negó a botarla.
Porque algunas camisetas dejan de ser ropa.
Se convierten en una forma de recordar quiénes somos.
El primer tiempo terminó empatado.
Fueron por café.
Como siempre.
Dos vasos.
Dos sopaipillas.
Se quedaron observando la cancha mientras el v***r escapaba lentamente hacia la fría noche penquista.
—¿Te acuerdas del ascenso? —preguntó el hijo.
El padre sonrió.
—¿Cuál de todos?
Los dos rieron.
Pero sabían perfectamente de cuál hablaban.
Collao repleto.
Veinte mil almas apretadas en las graderías.
No cabía un alfiler.
La ciudad parecía haber dejado de existir fuera de esos muros.
Aquella tarde Concepción era amarilla y negra.
Recordó a su padre abrazándolo antes incluso del pitazo final.
Recordó a hombres llorando sin vergüenza.
A desconocidos abrazándose como hermanos.
A la gente subiéndose a las rejas.
A los bombos retumbando en el pecho.
Recordó caminar durante horas buscando una micro para volver a casa.
Y recordó algo más.
A mitad del trayecto, agotados, afónicos y felices, su padre se había detenido, lo había mirado y había dicho:
—Acuérdate de esto.
—¿De qué?
—De cómo te sientes ahora.
—¿Por qué?
—Porque los campeonatos se olvidan. Los resultados se olvidan. Pero estos momentos no.
Y tenía razón.
Décadas después todavía podía escuchar aquella frase.
—Ha pasado tiempo —dijo el hijo.
—No tanto.
—Sí. Bastante.
El padre observó la cancha.
Como si estuviera pensando algo.
Pero el árbitro llamó a los equipos y la conversación quedó suspendida.
Como tantas otras.
El segundo tiempo fue una batalla.
Ochenta minutos.
Ochenta y cinco.
Noventa.
Empate.
La resignación comenzaba a instalarse en las tribunas.
Entonces apareció una pelota imposible.
Un centro desesperado.
Un rebote.
Un instante suspendido.
Y gol.
Gol de Fernández Vial.
El estadio explotó.
La gente saltó.
Lloró.
Se abrazó.
Y el hijo sintió nuevamente los brazos de su padre rodeándolo.
Firmes.
Fuertes.
Exactamente igual que cuando era niño.
Exactamente igual que siempre.
Por un instante deseó quedarse allí para siempre.
Dentro de ese abrazo.
Dentro de ese gol.
Dentro de esa noche.
Cuando el partido terminó, nadie parecía tener apuro por marcharse.
Los jugadores saludaban.
Los lienzos comenzaban a bajar lentamente.
La Furia Guerrera recogía los bombos.
Las graderías se vaciaban a cuentagotas.
Como si todos intentaran estirar el momento un poco más.
Hablaron del gol.
Discutieron quién había sido la figura.
Comentaron quién sería el próximo rival.
Como si quedaran infinitas temporadas por delante.
Hasta que llegó la hora de partir.
Y entonces apareció el silencio.
Uno de esos silencios que no incomodan.
Uno de esos silencios que lo dicen todo.
Se abrazaron.
—Nos vemos para el próximo partido.
—Como siempre.
—No faltes.
El padre sonrió.
—Nunca he faltado.
Luego se perdió entre la multitud aurinegra.
Y desapareció.
El hijo permaneció inmóvil unos segundos.
Después tomó la vieja bufanda aurinegra del asiento contiguo y emprendió el camino de regreso.
Solo.
Como llevaba años haciéndolo.
Años comprando dos cafés.
Años pidiendo dos sopaipillas.
Años mirando de reojo el asiento vacío cuando el partido se ponía difícil.
Años escuchando una voz que nadie más parecía escuchar.
Porque hay promesas que ni siquiera la muerte consigue romper.
Y cada vez que Fernández Vial salta a la cancha, entre el humo del café, el olor de las sopaipillas calientes y los viejos cánticos ferroviarios, vuelve a encontrar a su padre exactamente donde lo dejó.
En los asientos de siempre.
Esperando el próximo partido.
Porque algunos clubes heredan hinchas.
Otros heredan recuerdos.
Pero el Vial hereda algo más profundo.
Una forma de seguir encontrándose.
Por eso le dicen el Inmortal.
No porque nunca haya descendido.
No porque siempre gane.
Ni siquiera porque sobreviva a las crisis.
Le dicen el Inmortal porque, en algún rincón de las viejas graderías de Collao, entre el eco de los bombos y las noches frías de Concepción, todavía existen lugares donde quienes partieron siguen llegando al estadio.
Porque mientras exista una camiseta amarilla y negra avanzando hacia la cancha, nadie se va del todo.
Y porque en Fernández Vial los mu***os no faltan a la cancha.
Jamás.

15/06/2026

123 años de historia, orgullo y resistencia!

Un 15 de junio de 1903 nacía Arturo Fernández Vial, un club forjado entre rieles, locomotoras y manos obreras. Un club que no nació en los salones de la élite ni bajo los focos del centralismo, sino en el corazón de los trabajadores ferroviarios que construyeron parte importante de nuestro país.
Hoy cumplimos 123 años de historia. Tal vez no abundan las copas en nuestras vitrinas ni los campeonatos en los libros de estadísticas. Pero quienes llevamos estos colores sabemos que la grandeza de Fernández Vial nunca se ha medido por los títulos. Se mide por su gente, por su identidad y por el sentimiento inquebrantable de miles de hinchas que han acompañado al club en cada estación de este largo recorrido.
Hoy nos encontramos en la quinta división del fútbol chileno, el punto más bajo al que se puede llegar en lo deportivo. Sin embargo, el alma vialina permanece intacta. Porque nuestra lucha nunca ha sido solamente por una categoría. Nuestra lucha es por mantener viva una esencia centenaria, por defender el fútbol de regiones, por resistir al centralismo que tantas veces ha olvidado a los clubes de provincia y por honrar el legado obrero que nos dio origen.
Fernández Vial es mucho más que un equipo de fútbol. Es historia popular, es pertenencia, es memoria ferroviaria, es rebeldía y es comunidad. Es el abrazo entre generaciones que heredaron el amor por estos colores amarillo y negro. Es la certeza de que, pase lo que pase, siempre habrá alguien dispuesto a sostener la bandera.
Porque los títulos se celebran, pero la identidad se lleva para toda la vida.
¡Feliz aniversario 123, querido Almirante!
Que nunca se detenga esta locomotora
¡Saludos a toda la familia aurinegra!

25/05/2026

El presente de Fernández Vial en la Tercera B refleja, en gran parte, las complicaciones con las que comenzó la temporada. La confirmación tardía por parte de ANFA terminó condicionando la planificación deportiva del club, impidiendo asegurar jugadores con tiempo y construir una base sólida antes del inicio del campeonato. Eso se nota dentro de la cancha: el equipo todavía parece estar en formación mientras la competencia ya exige resultados.
De local, Vial ha mostrado otra cara. El empuje de la gente, la presión ambiental y el sentido de pertenencia ayudan a que el equipo compita mejor y consiga resultados positivos. Sin embargo, fuera de casa el panorama cambia completamente. El equipo pierde intensidad, orden y personalidad, mostrando muchas dificultades para sostener una idea futbolística lejos de su estadio.
La derrota de este domingo ante Buenos Aires de Parral por 3-0 dejó varias señales preocupantes. Más allá del marcador, lo que inquieta es la sensación de un equipo perdido dentro del campo de juego, sin coordinación entre líneas, sin reacción y con jugadores que muchas veces parecen desconectados entre sí. No hay circuitos claros de juego ni asociaciones que permitan controlar los partidos.
Otro punto evidente es la falta de conexión colectiva. Los jugadores aún no logran entenderse dentro de la cancha, y eso se traduce en errores de posicionamiento, poca generación ofensiva y una fragilidad defensiva constante. Hoy Fernández Vial depende más de esfuerzos individuales y empuje emocional que de un funcionamiento consolidado.
Aun así, la temporada todavía entrega margen para reaccionar. El desafío pasa por encontrar una identidad futbolística, recuperar confianza y transformar el apoyo de la gente en una base anímica que permita competir también de visitante. Porque si hay algo que caracteriza a Fernández Vial, es que incluso en los momentos difíciles, su historia y su hinchada siguen empujando al club hacia adelante.

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