06/08/2026
La UNAM va a volver a aplicar el examen de admisión a casi 58 mil personas.
La razón oficial es la sospecha de que muchos usaron inteligencia artificial para responder. Resulta que en años anteriores, apenas un 3.5% de los aspirantes sacaba 100 aciertos o más. Este año, ese grupo se fue al 16.3%.
Se ponen sobre la mesa temas como trampa, vigilancia, cómo detectar quién copió… Y sí… es lo más inmediato… pero me parece que estamos discutiendo la pregunta equivocada.
La cosa es que si una máquina puede resolver ese examen mejor que una persona que estudió meses… puede que el problema no sea solo que hicieron trampa… sino qué estamos midiendo.
Llevamos generaciones evaluando a los niños por su capacidad de retener información… Los premiamos por memorizar, por responder rápido, por acumular datos. Y les enseñamos, sin decirlo, que eso es lo que los hace valiosos.
Ahora aparece la inteligencia artificial… algo que memoriza más, responde más rápido y acumula más datos que cualquier ser humano… y nos pone de cabeza.
Pero la IA no rompió la educación. La verdad es que expuso algo que ya estaba roto.
Y no me malinterpretes… No es que el conocimiento ya no importe… es que importa distinto… porque ya no basta con tenerlo… Ahora lo que pesa es qué haces con él… si lo cuestionas, si lo conectas, si lo usas con criterio, si sabes cuándo algo está mal aunque suene bien.
Eso, el criterio, la pregunta, el juicio, la capacidad de mirar a otro y entenderlo, ninguna máquina lo tiene… y justo eso es lo que no estamos enseñando.
Nos volcamos tanto en que los niños lograran cosas, que se nos olvidó formar lo que son… Y claro.. hoy vivimos las consecuencias de eso por todos lados… en lo social, en lo emocional, en lo económico. Formamos gente muy capaz de ejecutar y muy poco preparada para elegir, para sentir, para ser…
Quizá la IA no vino a quitarnos el trabajo de educar. Quizá vino a devolvérnoslo… a obligarnos a preguntar qué es lo verdaderamente humano que sí nos toca enseñar.
¿Y si el examen que de verdad reprobamos no fue el de la UNAM, sino el de habernos pasado años enseñando lo que una máquina puede hacer mejor?
Mariana
05/08/2026
Cuando hablo de adolescentes y redes sociales, muchos me hacen la misma pregunta:
“Entonces, ¿qué sí hacemos?”
La respuesta no está en revisar cada conversación ni solo en encontrar la aplicación perfecta para vigilarlos.
Más bien se trata de construir algo que siga ahí el día que nosotros no estemos. Porque llegará un momento en el que no podrás decidir por ellos. Y ese día, lo que los va a proteger no será el control que tuviste, sino el criterio desarrollaron.
¿Cómo formar el criterio?
Cambiando el tipo de conversaciones que tenemos. En lugar de preguntar: ”¿Qué estabas viendo?”, puedes preguntar: ”¿Qué es lo que más te gusta de esa app?”, ”¿Te ha pasado algo raro ahí?” o ”¿Qué harías si alguien que no conoces te escribe?”
No cómo interrogatorio sino con curiosidad, para entender el mundo digital desde donde ellos lo viven.
También hay que enseñarles a cuestionar lo que consumen. No basta con decirles: “No creas todo lo que ves en internet.” Hay que enseñarles a hacerse preguntas: ¿Quién publicó esto? ¿Qué busca conseguir? ¿Por qué este contenido apareció en mi pantalla? … esto se desarrolla conversación tras conversación.
Los límites también forman su criterio. Cuando un adolescente entiende por qué existe una regla, por qué ciertas aplicaciones no son para ellos, , por qué el celular no entra al cuarto por la noche o por qué no todo debe compartirse, ya no cumple solo porque un adulto lo vigila, si no porque tiene con más conciencia.
Y lo más importante … Que sepa que puede contarte cuando algo salió mal…. Un mensaje que le incomodó… Una foto que envió y ahora le preocupa…. Un error del que se avergüenza…
Si cree que cada vez que hable tú vas a explotar, probablemente la próxima vez no te cuente nada.
Por supuesto, todo esto cambia con la edad. No acompañamos igual a un niño de diez años que a un adolescente de quince. A medida que crecen, también cambia la forma en la que vamos soltando… sin dejar de estar cerca.
Y sí… formar criterio es más lento que revisar un teléfono a escondidas, pero es lo que se queda con ellos cuando no estamos.
¿Qué conversación podrías tener esta semana que ayude a construir ese criterio?
31/07/2026
El otro día platicaba con un exalumno que ahora está en la prepa.
Con una sonrisa me empezó a contar cómo le estaba yendo.
—Tengo varios ochos, un nueve… y un cinco.
No me lo dijo con vergüenza. Ni tratando de justificarse.
Me dijo:
—Me confié. Esa materia me gusta mucho y se me olvidó estudiar.
Entonces empezamos a hablar de otra cosa… No del cinco. Hablamos de qué había pasado, de qué haría diferente la próxima vez, de cómo podía organizarse mejor.
Mientras lo escuchaba pensé en cuánto había crecido… No por sus calificaciones, sino por su capacidad de analizar lo que había pasado, asumir la responsabilidad sin castigarse y convertir un error en aprendizaje.
Él no dejó que un cinco definiera quién era.. más bien le mostró qué necesitaba ajustar.
Y creo que ahí está una de las cosas más importantes que podemos enseñarles.
Que una calificación es información, no identidad. Que un examen no responde la pregunta: ”¿Qué tan inteligente soy” Responde otra mucho más útil: “Qué me está mostrando este resultado sobre mi proceso de aprendizaje?”
Cuando los niños aprenden a mirar así sus errores, dejan de tenerles miedo. Empiezan a usarlos para conocerse mejor. Y eso cambia por completo la relación que construyen con el aprendizaje.
Porque el objetivo de la educación no debería ser formar niños que nunca se equivoquen. Debería ser formar personas capaces de aprender de sus errores una y otra vez.
Eso es lo que realmente los prepara para la vida.
¿Qué aprendiste tú sobre las calificaciones cuando eras niño… y qué te gustaría que aprendieran tus hijos?
Mariana
31/07/2026
Antes pensábamos que un silencio era solo un silencio… Hoy, un silencio puede venir acompañado de un montón de información.
El mensaje fue leído hace dos horas.
Está en línea.
Respondió en el grupo.
Subió una historia.
…Pero a mí no me contestó.
Y ahí empieza algo que los adultos muchas veces llamamos “drama adolescente”.
Pero quizá no estamos viendo todo.
La adolescencia es una etapa en la que el cerebro está especialmente orientado hacia el grupo de pares. La aceptación, la pertenencia y las relaciones sociales tienen un peso enorme en cómo se sienten consigo mismos.
Ahora imagina vivir eso dentro de plataformas 24/7… quién respondió, quién vio, quién ignoró, quién estuvo activo y hace cuánto.
Cada dato parece una pista. Y el cerebro hace lo que mejor sabe hacer: construir una historia.
“Seguro está enojado conmigo.”
“Le caigo mal.”
“Ya no quieren que esté en el grupo.”
“Todos contestan menos a mí.”
Muchas veces no están reaccionando solo a un mensaje. Están reaccionando a la historia que su mente construyó.
No porque sean exagerados, sino porque el entorno digital convierte pequeños comportamientos en señales sociales.
Como adultos, es fácil decirles:
“No pasa nada.”
“Ya te va a contestar.”
“No le des importancia.”
Pero cuando invalidamos lo que sienten, perdemos la oportunidad de enseñarles algo mucho más valioso: cuestionar la historia antes de creerla.
Podemos preguntar:
— ¿Qué fue exactamente lo que pasó?
— ¿Qué empezó a decirte tu cabeza cuando viste que no respondía?
— ¿Hay otras explicaciones posibles?
— ¿Te ha pasado antes que al final no significaba lo que imaginabas?
Definitivamente no podemos controlar cuándo alguien responderá un mensaje. Pero sí podemos ayudarles a aprender a distinguir entre los hechos y la historia que la mente construye sobre ellos.
Porque las redes sociales no inventaron la necesidad de pertenecer. Solo intensificaron e hicieron visibles señales que antes permanecían ocultas.
Y eso cambia por completo la forma en que muchos adolescentes viven sus relaciones.
¿Crees que las redes sociales solo cambiaron la forma de comunicarnos… o también la forma en que nuestros hijos interpretan el rechazo?
Mariana
31/07/2026
Una de las razones por las que los adolescentes dejan de contarnos lo que les pasa es porque se sienten juzgados.
Como cuando te cuentan algo que hizo un amigo y tú respondes que ese amigo “no le conviene”, que “debería elegir mejor sus amistades”.
O cuando ponen una canción y preguntas con tono de desaprobación: “¿Qué es eso? ¿Cómo escuchas esa música?”.
O cuando te comparten un problema en la escuela y, antes de entender qué sintieron, ya les estás diciendo lo que deberían hacer.
Todo eso, poco a poco, los aleja.
Y no, no es porque sean “demasiado delicados”.
En la adolescencia, el cerebro está especialmente sensible a las señales sociales. La amígdala, que participa en la detección de amenazas, está muy activa, mientras que las áreas encargadas de regular impulsos, tomar perspectiva y evaluar las situaciones todavía siguen madurando.
Por eso, un comentario que para nosotros parece inofensivo puede sentirse como una amenaza a algo que en esta etapa es profundamente importante: su identidad.
Están intentando descubrir quiénes son… Y para hacerlo necesitan espacios donde puedan pensar en voz alta sin sentir que cada palabra será corregida o evaluada.
Eso no significa que como adultos debamos quedarnos callados.
Significa que importa más cómo y cuándo intervenimos.
Por ejemplo, en lugar de responder inmediatamente con tu opinión, primero escucha.
Si quieres compartir lo que piensas, pregunta antes:
“¿Puedo decirte cómo lo veo?”
Y si la respuesta es no, no significa que hayas perdido autoridad. Significa que ese no es el momento.
Si algo realmente te preocupa, tampoco necesitas resolverlo en ese instante.
Puedes volver más tarde y decir:
“Me quedé pensando en lo que me contaste de Juan y de las fiestas. Me dio curiosidad saber qué piensas tú de todo eso.”
Fíjate que la conversación cambia por completo… Ya no estás imponiendo una conclusión. Estás invitándolo a pensar.
Porque en la adolescencia no se trata de renunciar a nuestra influencia como adultos. Se trata de ejercerla de una forma que mantenga abierto el canal de comunicación.
Muchas veces, la mejor manera de guiar no es hablar primero…. Es conseguir que quieran seguir hablando contigo.
MO
31/07/2026
Crecimos creyendo que portarse bien era lo mismo que hacer lo correcto.
Que decir “sí” o quedarse callado era respetar.
Que equivocarse merecía castigo o vergüenza.
Y, cuando nos toca educar, ya sea en casa o en la escuela, muchas de esas ideas aparecen otra vez… Sin darnos cuenta, repetimos lo que aprendimos.
Queremos tener la última palabra.
Corregimos antes de comprender.
Confundimos firmeza con control.
La buena noticia es que criar o acompañar con consciencia también es reeducarnos… Es atrevernos a cuestionar lo que damos por hecho.
A mirar nuestras reacciones antes que la conducta del otro.
A poner límites, no desde el miedo, sino desde la claridad.
A escuchar sin tomarnos todo como un ataque personal.
A respetar lo que sentimos para poder respetar también lo que el otro siente.
Creo que lo más desafiante de este camino es reconocer que la educación consciente no empieza en los niños… Empieza en el adulto que se atreve a aprender una manera distinta de estar con ellos.
Porque educar también es transformar lo que heredamos… para no heredarlo igual.
¿Tú también sientes que estás desaprendiendo mientras acompañas?
Mariana
30/07/2026
He hablado mucho sobre lo importante que es el acompañamiento emocional para el desarrollo de los niños… Pero hay cosas que uno no termina de comprender… hasta que las vive en carne propia.
Toda mi vida he lidiado con ciertos rasgos de mi personalidad.
Mi dificultad para manejar situaciones que internamente interpreto como rechazo.
La cantidad de proyectos que quiero hacer y que, por alguna razón, voy dejando para después.
Esa sensación de sobrecarga mental.
La facilidad con la que, a veces, me desbordo por dentro aunque por fuera parezca que todo está bien.
Durante mucho tiempo pensé que todo eso era un problema de voluntad… Que me faltaba disciplina… Que necesitaba aprender mejores estrategias para organizarme o desarrollar ciertas habilidades.
Y sí… esas herramientas ayudan… Pero en terapia descubrí que, en mi caso, había algo más profundo.
Detrás de muchas de esas dificultades había una baja tolerancia a la frustración, una necesidad muy grande de demostrar que podía resolverlo todo sola y un sistema nervioso que llevaba muchos años funcionando como si siempre hubiera algo de qué protegerse.
Descubrirlo me ha sacudido brutalmente…
Pero también me ha ayudado a dejar de verme como alguien "que no puede" y a empezar a preguntarme qué aprendió mi cuerpo para reaccionar así.
Curiosamente, entenderlo no me ha vuelto más permisiva conmigo. Me ha vuelto responsable.. es decir con mayor capacidad para responder… Porque ahora sé que puedo entrenar otras formas de responder. Puedo construir hábitos con estrategia, cuando antes intentaba mantenerlos solo con fuerza de voluntad. Cada vez reconozco mejor cuándo mi cuerpo está entrando en alerta… y puedo elegir distinto más veces.
Y, sobre todo, puedo mirarme con mucha más compasión…
Todo esto, inevitablemente, me regresa a los niños. Porque cuando un niño se desregula, muchas veces nos apresuramos a corregir lo que hace… a regañar, minimizar o ignorar lo que siente… y justo acompañarlo ahí es lo que lo sostendrá en su vida adulta, porque le estaremos ayudando a construir un mejor cableado emocional y eso hará toda la diferencia…
Al pensar en esto no dejo de preguntarme: ¿Cuántas cosas que llamamos “defectos” son en realidad formas en que aprendimos a protegernos?
Mariana
30/07/2026
Bueno… pues te cuento algo.
Yo soy una persona reactiva... Además, me cuesta frenar ciertos impulsos cuando algo me entusiasma… o cuando algo me molesta.
Quien me conoce probablemente pensará: “No es cierto.”
Y tiene razón… y no.
No parece porque llevo años trabajando en eso.
Pero cuando nació la hija descubrí una parte de mí que no conocía. Una versión mucho más irritable, mucho más reactiva de lo que yo creía posible. Y con el nacimiento de JM muchas de esas reacciones volvieron a aparecer.
Durante mucho tiempo pensé que era falta de voluntad…. Que si de verdad quisiera cambiar, simplemente dejaría de gritar, de desesperarme o de reaccionar con enojo.
Hoy entiendo que no era tan simple.
Resulta que muchas veces no reaccionamos desde la persona que queremos ser o que pensamos que deberíamos ser... Reaccionamos desde nuestro estado interno, desde cómo está nuestro sistema nervioso cuando entramos en alerta… y normalmente lo que encontraremos al explorar esto es un sistema nervioso que aprendió a ponerse en alerta mucho antes de que nosotros pudiéramos elegir otra forma de responder.
Por eso puedes prometerte mil veces que mañana tendrás más paciencia… y aun así, volver a explotar.
No porque no quieras hacerlo diferente…. Sino porque, en ese momento, tu cuerpo responde antes que tu parte más consciente.
Con el tiempo y al ir trabajando en mí, he comprendido que sanar no consiste solo en aprender a controlarte… sino en enseñarle a tu sistema nervioso que ya no tiene que vivir preparado para defenderse todo el tiempo… En reconocer las señales antes de que te desborden... En hacer una pausa para poder elegir, en lugar de reaccionar.
Porque cuando entiendes lo que pasa dentro de ti, dejas de pelear contigo y poco a poco, también empiezas a responder distinto a los demás.
¿Te ha pasado sentir que reaccionas antes de poder pensar? ¿En qué momentos notas que más te cuesta?
29/07/2026
Hace unos días empecé a leer How to Know a Person, de David Brooks, y hubo una idea que conectó un montón con lo que escribo todos los días…
Uno de sus puntos dice que muchas veces juzgamos la conducta de las personas sin mirar la maquinaria que la está moviendo.
Es decir, vemos al que explota y pensamos que tiene mal carácter.
Al que evita los conflictos y creemos que es indiferente.
Al que necesita agradar a todos y asumimos que simplemente es inseguro.
Al que quiere hacerlo todo solo y lo llamamos autosuficiente.
Pero rara vez nos preguntamos: ¿Qué tuvo que aprender esa persona para sobrevivir?
Y es que muchas de nuestras formas de reaccionar no aparecieron de la nada, se fueron construyendo a partir de nuestras primeras relaciones, de las necesidades que sí fueron vistas… y de las que no.
Pensar en esto no es para no para justificar las conductas, sino para entendernos mejor..
Y creo que, si todos tuviéramos ese chip instalado, nuestras conversaciones cambiarían por completo. Porque en lugar de preguntarnos: “¿Qué le pasa?”, empezaríamos a preguntarnos: “¿Qué le pasó para que esta sea la forma en la que aprendió a protegerse?”
Y esa pregunta cambia el lugar desde el que miramos la conducta de los demás… hasta la nuestra… No convierte todo en excusa, pero reemplaza el juicio por curiosidad.
Y desde ahí, casi siempre tomamos mejores decisiones.
Mariana
29/07/2026
No es raro que un adolescente tenga una mala contestación… A veces es el tono… A veces las palabras… A veces las dos.
Te contesta enojado, desafiante… incluso dice cosas que pueden lastimarte.
Y aunque no lo parezca, cómo respondemos en ese momento puede fortalecer la relación… o desgastarla.
Hay algo importante que necesitamos como adultos entender: cuando un adolescente reacciona así, normalmente está desregulado. La parte de su cerebro que le ayuda a pensar con claridad, controlar impulsos y tomar buenas decisiones no está en su mejor momento. Y de hecho es esperado para su edad que reaccione así…
Por eso, justo en ese instante, no necesita un adulto que grite más fuerte, que lo humille o que lo haga sentir culpable… más bien necesita un adulto firme y sereno.
Necesita un adulto que pueda decir desde la calma: “Entiendo que estés muy molesto. No me gusta que me hables así. Vamos a retomarlo cuando los dos estemos más tranquilos."
Ojo… esto no es permitir la falta de respeto. Esto es poner un límite sin perder el control.
Recordemos que el objetivo no es ganar una discusión ni demostrar quién tiene el poder. Es poner un límite claro y, al mismo tiempo, modelar la regulación emocional que esperamos que algún día él también desarrolle.
Y hay una última parte que muchas veces olvidamos: sí retoma la conversación después.
Cuando ambos estén más tranquilos, vuelve al tema… Hablen de lo que pasó, de lo que sintió, de lo que sentiste… de otras formas de expresar el enojo o el desacuerdo y de por qué ese límite sigue siendo importante.
Porque el límite no termina cuando baja el volumen de la discusión. Resulta que es justo en esa segunda conversación donde muchas veces ocurre el verdadero aprendizaje.
¿Y si lo que más le enseña no fuera el límite que pones en el momento del enojo… sino la calma con la que lo sostienes después?
Mariana